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17 marzo 2011

“¿Qué tal estás?”... “¡Pues anda que tú!”

Qué tal el trabajo? Fatal; ¿Por qué? No sé, por todo... Demasiado hago para lo que me pagan.
Esta conversación con un amigo me vino a la mente al ver las imágenes de la brutal catástrofe que está sufriendo Japón. La serenidad y el coraje con que los japoneses están afrontando “el apocalipsis” contrasta con el negativismo que cada vez parece tomar más fuerza en la sociedad española.
Japón ya nunca será el mismo, y millones de personas tendrán que aprender a vivir en otra casa, en otra ciudad, con otro empleo, con otros amigos y echando siempre de menos a esos seres queridos arrebatados por una naturaleza cruel y despiadada. Lo conseguirán. Ya lo hicieron después de la Segunda Guerra Mundial y ahora volverán a levantarse para demostrarnos a todos su afán de superación. Todo lo contrario a ese victimismo que se ha convertido en uno de los rasgos más destacados de la sociedad contemporánea.
Es tan fácil protestar, quejarse, criticar, juzgar y lamentarse que todos sabemos cómo hacerlo. Basta con adoptar el rol de víctima y creer que el mundo es un lugar injusto, en el que la culpa de nuestros problemas, conflictos y sufrimientos siempre la tienen los demás. Resulta tan sencillo tratar de esconder muestras miserias, miedos e inseguridades detrás de una crítica feroz al jefe, a la empresa, a los compañeros, a la familia, a Zapatero, a la sociedad, a la vida... Cualquier excusa es buena para no afrontar nuestras inseguridades.

18 enero 2011

El síndrome de la rana hervida y la crisis


Si un observador extraterrestre (con nociones de gestión empresarial, claro) observara desde una nave en órbita lo que está sucediendo en el mundo empresarial en España en los últimos tiempos sin duda pensaría que tenemos una cultura en la que se incentiva el suicidio empresarial.
Las empresas de nuestro país (aunque desgraciadamente no sólo limitado a ellas) parecen estar inmersas en una especie de apatía competitiva, que les empuja a tomar tímidas iniciativas según va evolucionando el ciclo de vida de la crisis en la que estamos envueltos.
El problema es que la mayoría de estas decisiones suelen ser timoratas, y que en lugar de atacar decididamente las raíces de los problemas que las constriñen (baja productividad, estructuras de costes mal diseñadas, muy pesadas o incluso desconocidas, entendimiento parcial de lo que buscan sus clientes…) se focalizan en acciones de muy poco calado, principalmente cosméticas, en espera de tiempos mejores, en el que la crisis, que entienden externa, finalice.
Pues tengo malas noticias para ellas: hay altísimas probabilidades de que no sobrevivan a la crisis, o lo hagan perdiendo varios órdenes de magnitud en su escala competitiva…. porque no me canso de decirlo, ésta no es (sólo) una crisis internacional, de mercados financieros o de consumo… se han agotado las principales bases que permitieron el “milagro español”… ¿y sin embargo seguimos funcionando de la misma manera?
Sin duda una de las explicaciones más claras de esta especie de apatía la podemos encontrar en el famoso síndrome de la rana hervida:

08 enero 2011

La escuela de la adversidad


La creatividad , el sentido del humor
y la independencia ayudan a superar contratiempos


Hay personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones adversas, se desarrollan psicológicamente sanas, e incluso salen reforzadas. Es lo que se conoce como resiliencia.


La psicología y la ingeniería de materiales, aunque pueda parecer extraño, tienen algo en común: el término resiliencia. Esta palabra hace referencia al fenómeno por el que los cuerpos retornan a su forma inicial después de haber sido sometidos a una presión que los deforma.


El concepto se ha aplicado a la psicología para descubrir por qué niños y niñas que viven en la miseria, o personas que experimentan situaciones límites son capaces, no sólo de superar las dificultades, sino incluso de salir fortalecidas de ellas. Logran resistir, sobrevivir y acceder a una vida productiva para sí y para su sociedad.

06 mayo 2010

El lado oscuro del ser humano



En la escena del juicio a la protagonista de la película “The Reader” (El lector) se muestra, aunque de forma muy ligera, el asunto de la obediencia a la autoridad.
Cuando oímos hablar de las atrocidades que los nazis realizaron en los campos de concentración contra los judíos y otras minorías éticas solemos pensar que los que llevaron a cabo semejantes actos eran poco menos que monstruos sin alma, personas muy diferentes a nosotros, sin ninguna ley ni moral. Ninguna persona con un mínimo de ética podría aceptar el tipo de órdenes inhumanas que provenían de las autoridades nazis. Pero, ¿estamos tan seguros de esta afirmación? ¿Es el hombre bueno por naturaleza?
El psicólogo Stanley Milgram se hizo esta misma pregunta a comienzos de los años sesenta a raíz del juicio al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, por sus crímenes contra la humanidad. Milgram procedió entonces a hacer un experimento que tenía como objetivo el responder a la pregunta de cuánto daño sería capaz de infligir una persona normal a otra inocente cuando recibía instrucciones de una autoridad.


Si alguien nos preguntara cuánta descarga eléctrica, de entre 0 y 450 voltios, una persona normal sería capaz de suministrar a otra en un experimento científico, ¿cuánto diríamos? (Téngase en cuenta que al nivel máximo de 450 voltios una persona podría morir).


A priori diríamos que la media de todas las respuestas a esta pregunta se situaría en un nivel que no suponga un peligro físico para el sujeto (sobre unos 100 voltios por ejemplo), y todos pensaríamos que sólo algunas personas sádicas aplicarían el voltaje máximo.


Pues bien, lo que Milgram descubrió revolucionaría la manera de pensar que se tenía sobre la “bondad” del ser humano. Hoy día este experimento aún sigue siendo parte de los estudios de psicología social en las universidades.


Es sorprendente y desconcertante, pero el experimento demostró que el 65% de los voluntarios (2 de cada 3) eran capaces de suministrar el voltaje máximo de 450 voltios a otra persona tras recibir órdenes de que debían hacerlo. Pero no sólo eso, sino que ninguno de ellos se negó rotundamente a seguir con el experimento antes de alcanzar los 300 voltios (en este punto la "víctima" experimentaba convulsiones previas al coma).


¿Cómo es posible esto? ¿Acaso todos somos sádicos en potencia? Desde luego los resultados de este experimento dicen mucho sobre los aspectos oscuros de la naturaleza humana.


Aunque muchos quizá piensen que personas como Eichmann no tenían sentimientos, en el juicio dijo que él no encontraba ningún tipo de placer mórbido en perseguir a los judíos; sólo obedecía órdenes de sus superiores.
Personas que lo conocieron afirmaron que no era ningún tipo de monstruo, sino que era un ser humano como cualquier de nosotros; salvo que actuaba bajo la sujeción de un sistema en extremo autoritario. En cierto sentido, personas como él son también víctimas... víctimas de un sistema perverso, al igual que también consideramos que son víctimas aquellas personas que han sido sometidas a un lavado de cerebro, o a una lobotomía.


Creemos que somos personas razonables, sensatas. Durante la mayor parte del tiempo actuamos según nuestros criterios morales, de la justicia y la legalidad, pero cuando confiamos ciegamente en una autoridad y nos sometemos a ella, entonces dejamos la carga moral y la responsabilidad sobre otros. Y entonces seríamos capaces de cometer cualquier tipo de atrocidad; como Eichmann y otros nazis hicieron.


Es para preocuparse, ¿verdad?
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